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Cuando Juan Mosca no regresó
Mónica del Pilar Uribe Marin
A sus 66 años de edad debía trabajar y estudiar como un hombre de 26, y aunque no era la condición de vida que más le atraía, la había asumido - decía -  con el mejor de los ánimos posible. “Lo que hoy soy es lo que fui, y a estas alturas no tendré tiempo de cambiar de estilo ni de comportamiento. Por lo demás, tampoco quiero cambiar de estilo ni de comportamiento”.
Así de definitivo, así de contumaz se había confirmado en esta etapa de su existencia que ya no contaba con dos pilares fundamentales: Priscilla Welton, su compañera por más de tres décadas y quien muriera tres años atrás, y Colombia, su país, el cual tuvo que abandonar porque sus múltiples y persistentes denuncias y opiniones le habían granjeado los suficientes enemigos (poderosos y oscuros) como para instarle, mediante amenazas e intimidaciones físicas, a callar, a huir contra su voluntad, a llevarse a los suyos… A no regresar jamás.
Fernando dejó el país, pero jamás se dejó a sí mismo. Claro, partir sin querer implicó un maremágnum en su vida, en la de su compañera y en la de sus hijos Fernando y Manuela, pues  tuvieron que empezar de cero.
Atrás quedaron Melibea, su hija producto de su matrimonio con María Isabel Carranza, y sus colegas y amigos de El Espectador, de la revista Cromos y de todos esos medios donde alguna vez había trabajado, ya fuera como redactor o como editor o como jefe de redacción o como columnista.
Atrás quedaron sus libros “Ja”, “Reportajes de Juan Mosca”, “País que duele”, “El corazón de Oro” y la emoción del Premio de Periodismo Simón Bolívar, que recibió por su investigación sobre la tragedia del Palacio de Justicia.
Atrás también quedaron su columna de opinión “El Señor de las Moscas”, así como sus muchos otros artículos y ‘Álvaro Uribe, El señor de las sombras’, el libro que hizo que se le ‘declarara oficialmente la guerra’ y que cayera en ese laberinto de amenazas, anónimos y seguimientos del cual sólo pudo salir cuando en marzo de 2002 se embarcó a Estados Unidos.
Fue entonces cuando Fernando Garavito, bogotano y abogado de la Universidad Javeriana, escritor, periodista, editor y columnista de la revista Cromos, de los diarios La Prensa y El espectador, y últimamente de Razón Pública, supo que la violencia de su país escindiría tanto su alma como su vida.
Sin embargo, tenía claro que si debía recomenzar en ese nuevo país (del cual jamás quiso recibir la ciudadanía) no dejaría a un lado sus escritos. Ya fueran los literarios (había publicado poemarios y otros tipos de textos _) o sencillamente los que le habían obligado al exilio, éstos (los escritos) seguirían siendo parte de su vida… y de la de otros (su pseudónimo de ‘Juan Mosca’, concebido cuando estuvo vinculado a El Espectador en 1988, había calado hondo en la memoria de la gente y los contenidos que firmaba generaron los suficientes odios o afectos como para tenerle siempre presente).
Sí, ahora estaba allá, en Estados Unidos. Y se proponía _ hacer todo lo posible para conjurar los efectos del exilio, las nostalgias del emigrante obligado, del desplazado forzado. Continuó escribiendo (columnas en espacios como El Espectador, donde un día le dijeron que prescindían de sus servicios porque  - nos contaba - una columna contra los “administrativos del nuevo gobierno del Presidente Uribe Vélez” había fastidiando a más de uno) y  retornó a la enseñanza. Castellano fue el tema en esta ocasión.
Además la literatura se reafirmó como costumbre, ya fuera leyendo o creando. Daba largas caminatas con Priscilla, mimaba sus gatos (animales a los que admiraba, respetaba y amaba), preparaba café, escribía a sus amigos y conversaba con sus hijos.
A los pocos años, siendo 2006, recibió el premio “Cultural Freedom Award”, entregado por la Lannan Foundation en razón a “su trabajo a favor de la democracia y de la libertad, y del respeto a los derechos humanos”.
Así transcurría el tiempo y todo parecía estar tomando el tono justo, cuando el dolor reapareció de nuevo finalizando marzo de 2007: Prisilla, su amada, el ala par de sus sueños, fallecia víctima de una enfermedad inapelable.
Se volvió taciturno y aunque inventaba y reinventaba momentos y maneras para no naufragar en la tristeza, y aunque sus hijos se fundían en él como un solo bastión, el dolor estaba allí, rojo y lacerante.
Se convirtió, y como tal se definía, en un solitario. “Trabajo, leo, pienso, escribo, y hago café por las mañanas’, me dijo en una entrevista, donde afirmó que lo que más extrañaba era su casa “y las idas a sacar al perro, en compañía de mi mujer. Hablábamos hasta por los codos, nos reíamos y éramos felices”.
Fue ésa su segunda partida, sin regreso, porque de la muerte de Priscilla Fernando no regresó, al menos no ese Fernando festivo, alegre, cáustico y bromista permanente…
Vivía esa batalla interior, esa nueva realidad, cuando conocidos y cercanos residentes _ en varios países, le propusieron ser candidato a la Cámara de Representantes por los colombianos en el exterior.
¿Por qué no serlo? Lo sería de un partido en el que creía como única fuerza opositora que existía en Colombia (el Polo Democrático Alternativo), haría política de una manera distinta y podría desde allí levantar su voz y hacer sentir la de otros, visibilizar a los invisibles, empezar a buscar los elementos para regresar y recuperar a Colombia.
‘Juan Mosca’ resurgió y entonces recorrió países y ciudades y puso toda la fuerza de su rebeldía en cada discurso y en cada escrito. Peleaba por los inmigrantes, pues siendo uno de ellos, los conocía, se reconocía.
Resurgió así el Fernando afectuoso y carismático, vital, capaz de unir y reunir, capaz de pensar y hacer pensar, de… “mandar obedeciendo”.
Bien es cierto que perdió las elecciones, pero también lo es que ganó la construcción de un movimiento, de una conglomeración que se denominó el Polo Mosca.
La vida volvió a ser la vida y Fernando se preparó para que su hija Manuela ingresara en la universidad, para que sus compromisos editoriales quedaran cumplidos y, sobre todo, para escribir la obra que se había prometido escribir.
Su alegría y sus palabras seguían alimentando el grupo de Moscas, pero un día nos comentó a todas las Moscas que por un tiempo bajaría el ritmo del colectivo. Había regresado de París y nos anunció que desde el lunes 4 de octubre se ausentaría por unos tres meses (hasta el 17 de diciembre) no sólo de su casa “sino de cualquier espacio virtual”.
La Fundación Lannan le había concedido una de las “becas de creación literaria”, lo que le permitiría terminar de escribir uno de los tres libros, literarios, que tenía en proceso. “El año entrante – aclaró - me involucraré de lleno en nuestras tareas colectivas. Supongo que todos tenemos siempre un libro entre pecho y espalda. El mío se había convertido en una especie de tomo de la Enciclopedia Británica y no me dejaba respirar. Llegaré habiéndome quitado ese peso de encima.”
Esos tres meses los viviría, nos dijo, en el corazón del desierto de Texas, en un pequeño poblado alejado de todo contacto con la vida de hoy y su única obligación sería la de terminar ese libro.
Y con ese propósito viajó a ese pequeño poblado del sur de Estados Unidos para terminar su obra.
El primero de octubre, desde su casa, Fernando, escribió a sus compañeros del Polo Mosca: “Aunque suene ridículo (por lo anticipado), les deseo a todos un feliz fin de año. Trabajaré hombro a hombro con ustedes para que el 2011 sea el año del Polo Mosca.”
Casi cuatro semanas después, una llamada en la madrugada, anulaba toda opción de reencuentro, toda elección de regreso, toda finalización literaria: mientras conducía por una carretera con destino a Texas, sufrió un accidente. Y Fernando, la Mosca, no regresó.
. . .
Antes de irse
Fernando escribió las verdades que algunos de sus colegas callaban y formuló las preguntas que por mera ética y compromiso moral todos deberíamos formular.
Y fue en uno de esos medios de prensa donde le conocí. Yo empezaba mis primeros pasos en el periodismo y había llegado a esa revista buscando aprender y, naturalmente, publicar. Salía de la universidad con el miedo de los principiantes que no cumplen horario y están a la espera del ‘sí’ o del ‘no’ definitivos sobre los escritos que proponen. En este caso, de él.
Y allí le veía siempre, con sus grandes e intimidantes mostachos, delgado y circunspecto, con su peculiar chaleco y siempre tan rápido para sonreír como para el enojo profundo, este último sobre todo, si las piezas escritas le resultaban desdeñables. Porque eso sí, a nadie le queda un atisbo de duda sobre su rigor para con el idioma y la importancia que concedía a la gramática. Sufría ante una frase mal construida y la estupidez individual o colectiva le sacaba de casillas.
Pasó el tiempo y paralelas a mis esporádicas colaboraciones surgió mi conocimiento sobre él, aprendiendo y aprehendiéndole. Sus risas, sonoras o no, sus rabias y pataletas, su desmesurado afecto y sinceridad por los otros, su inteligencia, su sentido del humor, sus ironías y sus sentencias… Como los demás periodistas, cercanos, permanentes o no, yo le admiraba y, con la obviedad del principiante, le temía. Es decir… le aprendía.
El tiempo y sus estadios me pusieron varias veces en el mismo escenario y conocerle significaba reafirmar sus rasgos y comprender que con los años nuestra querida Mosca se estaba volviendo más aguda, más brillante, y, como me dijo menos bravo. “¡Es que ya no soy bravo!”, me aseguraba. Extensas y muy frecuentes conversaciones sobre la vida en todos sus frentes, sobre la humanidad y el sentido humanitario, sobre la soledad, sobre la gramática y la creación literaria, sobre la Colombia arrasada y que debía recuperarse, sobre el dolor, sobre la vida…. Todo ello fue una sumatoria que inunda hoy las esquinas  de mi memoria, de la de todos aquellos que tuvimos la oportunidad de conocerle mucho o de conocerle poco…

Cuando Juan Mosca no regresó



cuando juan mosca np regreso 1A sus 66 años de edad debía trabajar y estudiar como un hombre de 26, y aunque no era la condición de vida que más le atraía, la había asumido - decía -  con el mejor de los ánimos posible. “Lo que hoy soy es lo que fui, y a estas alturas no tendré tiempo de cambiar de estilo ni de comportamiento. Por lo demás, tampoco quiero cambiar de estilo ni de comportamiento”.

 

 

Por Mónica del Pilar Uribe Marin


Así de definitivo, así de contumaz se había confirmado en esta etapa de su existencia que ya no contaba con dos pilares fundamentales: Priscilla Welton, su compañera por más de tres décadas y quien muriera tres años atrás, y Colombia, su país, el cual tuvo que abandonar porque sus múltiples y persistentes denuncias y opiniones le habían granjeado los suficientes enemigos (poderosos y oscuros) como para instarle, mediante amenazas e intimidaciones físicas, a callar, a huir contra su voluntad, a llevarse a los suyos… A no regresar jamás.

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Fotos en la pared del corazón 


Para Melibea y Manuela

Por Armando Orozco Tovar


Algunas personas quedan en las fotografías para siempre. Fantasmas que viven a nuestro lado. Otras son sólo retratos coleccionadas en el tiempo dentro de un álbum. Estas son diferentes. A veces al mirarlas en la soledad de la noche creo que ellas desde sus ojos se burlan de mí. Me dan susto, me llenan de temor esos gestos que sin cambiar me observan, y que parecen que se movieran imperceptiblemente entre las sombras.

 

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Fernando Garavito, desplazado por pensar
En su libro Paramilitar para paramilitares Fernando Garavito da cuenta de su exilio y del de su familia de una manera cautivante.
A propósito de dicho libro publiqué este artículo en Un Pasquín en el año 2006. Y ahora lo publico en La Mosca para recordar al intelectual, al escritor, al periodista, al luchador de izquierda democrática. Al gran ser humano. Como en el verso de Federico: “Viva moneda que nunca se volverá a repetir”.
Por Ricardo Sánchez Ángel
El exilio es la condena que los sistemas aplican a las personas libres y dignas que los enfrentan. Así ha sido siempre, aunque ahora se ha banalizado de tal forma que a casi nadie pareciera importarle. Un capítulo de la historia nacional que no ha sido escrito es el de los exiliados.
Colombia es un país de perseguidos, desterrados, desplazados al exterior y en su propio territorio. Colombia es diáspora, éxodo involuntario que se yergue como posibilidad cierta para el disidente: O huyes o mueres. ¡O lo uno o lo otro!. ¡O la muerte física o la muerte civil!.
En el bello libro Paramilitar para paramilitares –Bogotá: Fundación para la investigación y la cultura, Fica, 2006– el escritor Fernando Garavito da cuenta de su exilio y del de su familia de una manera cautivante. Es un breviario de ética, un alegato político, un escrutinio periodístico, un testimonio de capítulos esenciales de nuestra vida. Una obra que versa sobre los tiempos sombríos que nos acompañan, con la mirada puesta en el porvenir, en la lucha contra esa muerte interior, tan cruel y tan despiadada que es la depresión. Y a fe mía, que el resultado es contundente: “¡Estoy vivo y pienso!; llevo la patria y la dignidad a cuestas. El lenguaje y lo humano universal son mis asuntos”. Tal podría ser la síntesis incompleta de la actitud erguida de este escritor.
Se trata de una praxis de oposición que Fernando comenzó desde hace mucho tiempo contra la injusticia y que radicalizó frente al sistema y frente al actual gobierno. Una oposición dura, irreverente, crítica, con el arte de la inteligencia y de la palabra liberada. Un acto de responsabilidad ante la irresponsabilidad del poder. Ser hoy de oposición es ser responsable.
Para nada hay en este libro ¨ lenguaje de algodón ¨, de acuerdo con una calificación certera que el autor le otorga al periodismo colombiano. Descifra con una contundencia impecable el paramilitarismo y el usufructo de la muerte por el capitalismo salvaje que nos rige, igual que el sentido equívoco y fraudulento de las grandes expresiones: nación, democracia, constitución, libertad de prensa, patria, paz, vaciadas de contenido real y puestas en escena por los titiriteros de los grandes privilegios.
Acertadamente conforma la ecuación “en Colombia el poder es el miedo”, ante la cual esgrime la necesidad de una nueva utopía, basada en la crítica a la propiedad.
La radiografía apasionada, severa y valiente que este poeta realiza sobre el inquilino en el solio de Bolívar, nos lleva a recordar el personaje inmortal de Jorge Zalamea, tan sólo para corroborar que el Gran Burundún Burundá no ha muerto, vive, está ávido y goloso de poder y más poder para desventura de Colombia.
Una de las cualidades de este breviario es reflexionar, con filósofos, sobre Colombia, sin artificios y con creatividad. La literatura política, poética o periodística quiere educar para la razón, pero también para los sentimientos. El libro de Fernando Garavito está concebido en los cánones de Nietzsche, quien decía: lee sólo lo que el hombre ha escrito con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu.
Fernando Garavito, desplazado por pensar


Desplazado por pensar 1
En su libro “Paramilitar para paramilitares” Fernando Garavito da cuenta de su exilio y del de su familia de una manera cautivante.
A propósito de dicho libro publiqué este artículo en “Un Pasquín” en el año 2006. Y ahora lo publico en La Mosca para recordar al intelectual, al escritor, al periodista, al luchador de izquierda democrática. Al gran ser humano. Como en el verso de Federico: “Viva moneda que nunca se volverá a repetir”.

Por Ricardo Sánchez Ángel


El exilio es la condena que los sistemas aplican a las personas libres y dignas que los enfrentan. Así ha sido siempre, aunque ahora se ha banalizado de tal forma que a casi nadie pareciera importarle. Un capítulo de la historia nacional que no ha sido escrito es el de los exiliados.
Colombia es un país de perseguidos, desterrados, desplazados al exterior y en su propio territorio. Colombia es diáspora, éxodo involuntario que se yergue como posibilidad cierta para el disidente: O huyes o mueres. ¡O lo uno o lo otro! ¡O la muerte física o la muerte civil!
 
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Domingo 23 de Octubre de 2011 20:53


Su pluma y sus posiciones políticas desafinan en medio de la actitud unanimista, el autoengaño y la estulticia mental en que se debate Colombia desde hace ya algunos años. Desafina dentro del cerrado, monopólico y selecto club de los columnistas de la prensa colombiana al que se pertenece no por los dotes intelectuales o los méritos de los opinadores, sino porque se es dueño o accionista del medio de comunicación, o familiar o amigo, o en últimas cipayo de los propietarios de la prensa de esta país, o también porque se lleva un apellido tradicional de "la decadente oligarquía colombiana". Por desafinar y por asumir una actitud independiente que en Colombia no está permitido, el pasado 23 de diciembre de 2002, el director de El Espectador que le notificó al periodista Fernando Garavito en su exilio, que su columna caracterizada por ser crítica y punzante no va más. Y no podía ir más habida cuenta que la voz de Garavito criticando a la clase dirigente que por su mediocridad, su rapacidad y su corrupción terminó convirtiendo a este país del Sagrado Corazón de Jesús en una hecatombe y a sus habitantes en unos seres desesperanzados y sin futuro, era incómoda y fastidiosa para los mandamases y los ilotas del régimen imperante.
En el coro del unanimismo, Garavito desentona y era obvio que El Espectador cuyo propietario es el poderoso grupo oligopólico Santodomingo lo acallara y le dijera que hasta aquí llegó.
Este curtido periodista, maestro de periodistas que ha tenido que exiliarse por las amenazas contra su vida, lo entiende así. "Entiendo -afirma- que en Colombia la libertad de prensa está en peligro, mientras que, frente a la información, la libertad de empresa sigue haciendo de las suyas. No quiero que se piense en mí como una víctima de la represión de los poderosos grupos económicos que hoy nos manejan, ni como un cordero sacrificado en el altar del unanimismo. Soy, simplemente, una voz independiente que ha sido censurada".
Y claro, la censura a Garavito por parte de El Espectador pasó casi desapercibida en esta Colombia donde campea la banalidad y lo fatuo, y en que la genuflexión y la incondicionalidad a los poderosos y a quien ejerce el poder de turno es el común denominador.
Ya lo había dicho el propio Garavito, inclusive: en este país destrozado que no ha logrado aún encontrar su destino, "no hay clase política, solo una clase politiquera. No hay gobierno, hay un club de negocios. No hay un Congreso, hay avivatos que trabajan contra los intereses de la mayoría de colombianos."
Era entonces obvio que esa dirigencia corrupta y politiquera colombiana que describe muy bien Garavito no se aguantara más que le siguiera cantando sus verdades y terminara censurándolo.
Qué mejor entonces que invitarlo a él a dialogar sobre periodismo y a dar una rápida mirada a lo que ha sido el devenir histórico de esta desventurada Colombia, cuyas clases dirigentes la han sumido en un mar proceloso de abatimiento, impotencia y postración.
Un periodismo corroído por el cáncer de la banalidad
- Para empezar hablando de periodismo hay que preguntarle ¿por qué el seudónimo de Juan Mosca, si se tiene en cuenta que las moscas no merodean sitios muy salubres?
- Sí, precisamente el seudónimo proviene de la necesidad que tuve en un determinado momento de enfrentar la elaboración de reportajes políticos. Alrededor de los políticos realmente el ambiente no es muy sano y ese es el sentido inmediato del Mosca, pero también hay otro que es una referencia literaria quizás un poco pedante al famoso conde Mosca que en la Cartuja de Parma es uno de los personajes centrales y es un fino político, inteligente que maneja el principado a su amaño y que se enamora de la duquesa Sanseverina. De tal manera que mi Mosca está en esa confluencia de mosca y Mosca. Y, algo más, los moscas que son los muiscas y yo tengo de alguna manera como lo muestra mi fisonomía una ascendencia bastante mosquil, por esas tres paticas encontramos la razón de ser Mosca. Y Juan porque todos somos una especie de Juan Lanas, de tal manera que entre el Juan Lanas nuestro y el conde Mosca italiano podemos hacer una mosca que merodeé alrededor de los políticos colombianos.
- ¿A qué atribuye el hecho de que El Espectador haya prescindido de su columna periodística?
- A que este país no soporta ninguna opinión que no sea la oficial y consagrada y bendecida y autocensurada. Yo quise decir las cosas de una manera libertaria, y Colombia es autoritaria. Quise ser distinto, y Colombia es idéntica. Quise darle cabida a la crítica y a la polémica, y en Colombia sólo caben el incienso (y el oro y la mirra), siempre y cuando todo ello vaya dirigido al bolsillo y loor de los poderosos. Yo no me opongo a uno u otro político o grupo. Eso no me interesa. Yo me opongo al ejercicio arbitrario del poder. Y fíjese usted, es el poder el que ahora me censura arbitrariamente. El país necesita un canal de expresión contra ese poder sórdido en el que conviven los herederos de Pablo Escobar con los soldados de Jojoy y los finos políticos neoliberales estilo Gaviria y la caverna presidida por monseñor Rubiano y compañía. Todos ellos conviven. Nosotros no convivimos. Mi columna no convivió. En una palabra, mi columna no fue de las Convivir, como ahora se estila.
- ¿Cuál fue la razón por la que debió exiliarse?
- Por la misma razón en que están exiliados todos los colombianos: porque fui amenazado. En mi caso, la amenaza corrió a cargo de los grupos paramilitares. Pero más que mi posibilidad de supervivencia, que ejercí a través del sagrado derecho de salir corriendo, me preocupa la amenaza que pende sobre el país entero. Para unos, es la amenaza de la superficialidad. Cartagena en vacaciones es la demostración del divorcio profundo que existe entre los jóvenes que algún día nos gobernarán, por herencia, y los súbditos que les llevamos a la mesa la dosis personal de cocaína junto al vaso de jugo de naranja. Para otros, los más, la amenaza es el hambre. Para todos, es la desolación de no tener presente, y de ignorar olímpicamente el pasado. Como de ese pasado no sacamos lección alguna y este presente nos estrangula, vivimos de un futuro hipotético. Antes de entregarle el país al peor postor, Gaviria nos lo anunció con descaro: "Bienvenidos al futuro". Oiga, si el futuro era este, quien nos dio la bienvenida sólo merece el fuego eterno.
- Sus libros son recopilaciones de crónicas y reportajes. ¿Considera que a través de estos géneros periodísticos se puede hacer literatura sin la necesidad de escribir una novela?
- No, yo creo que los reportajes tienen que ser reportajes y las crónicas tienen que ser crónicas. Pero reportajes y crónicas tienen elementos literarios que los hacen atractivos. Esos elementos no pueden ser la coyuntura, no pueden ser lo cotidiano, no pueden ser lo inmediato, siempre tendrán que echar mano de raíces que muestren cuestiones culturales, literarias, artísticas, poéticas, en fin. Yo trato de hacer mis reportajes con esas pequeñas raíces pero evidentemente no soy escritor, soy un periodista. Hubiera querido ser escritor. Seguramente mis hijas, Melibea o Manuela, tratarán de serlo en reemplazo mío. A mí me faltó escribir una obra literaria realmente.
- Siguiendo con estos géneros periodísticos como la crónica, el reportaje, el ensayo, ¿no han sido desplazados por la "dictadura" de las noticias en el periodismo no solamente colombiano sino universal?
- Totalmente, pero no sólo por la dictadura de las noticias sino por la dictadura del espacio y por la dictadura de lo banal. El periodismo escrito atraviesa por una gravísima crisis, mientras que el periodismo de radio y el de televisión son prácticamente inexistentes. En ellos lo que hay es una imagen, una imagen siempre secundaria, siempre coyuntural, siempre inmediata, siempre olvidadiza. A mí me preocupa enormemente lo que está sucediendo con el periodismo en Colombia. Por eso he tratado de vincularme a movimientos y grupos de reflexión sobre ese trabajo, siempre con una gran angustia y con la necesidad de encontrarle a esa expresión un ámbito que le sea más positivo. La realidad es que estamos cercados y hemos desaparecido aplastados como las moscas por un periódico contra los ventanales de la sala.
- ¿Periodísticamente hablando, no habremos ya tocado fondo en el sentido de que Colombia ya se cansó al observar en los telenoticieros un mismo esquema consistente en violencia, deportes y finalmente piernas y frivolidad?
- Lo importante en Colombia sería buscar formas de periodismo alternativo, periodismo regional, periodismo de sectores específicos, búsqueda de espacios para el análisis y la reflexión, para la interpretación política, todo este tipo de cuestiones que ha descuidado el periodismo. Realmente deberíamos hacer una gran convocatoria nacional que buscara decirle a este periodismo mentiroso de la televisión y al cáncer que está corroyendo al periodismo escrito que basta ya y que es necesario que el periodismo recupere su estatura para convertirse de verdad en una palanca sobre la cual se pueda apoyar el desarrollo de la democracia y de la paz.
Parece que estamos condenados
- ¿Cómo analiza el devenir político de Colombia en los últimos años?
- Mi opinión es muy negativa sobre lo que ha ocurrido en Colombia y no lo digo por nuestros gobernantes sino por la falta de contenidos éticos, por la falta de un proyecto político, por la falta de intencionalidad, por la mediocridad que nos agobia. Estamos acorralados, damos palos de ciego, no somos capaces de avanzar, de proponer caminos coherentes que nos saquen de esta hecatombe en la cual nos hemos sumido y consumido poco a poco. En Colombia nos falta liderazgo. Mírese por donde se mire, ese liderazgo no se ve por parte alguna.
- Usted en 1996 publicó un libro que tituló País que duele. Ese título en la Colombia de ahora sigue siendo vigente, pero este ya no es un país que duele sino un país que prácticamente ha desaparecido. ¿Usted no tiene esa misma percepción?
- Sí, en Colombia tenemos ahora la necesidad de trabajar por idear y construir un país, porque nosotros desaparecimos como entidad política. En mi opinión somos una serie de grupos humanos sumados unos a otros que no logran tener una relación interna profunda, vigorosa, que permita revertir la conmoción que nos ha tocado vivir durante este proceso histórico. Participo completamente de su tesis: nosotros ya no somos un país. Por consiguiente, si ya no somos país, ya no nos duele.
- ¿No cree que Colombia desde que comenzó su emancipación de España por allá en 1810 y obtuvo identidad como Nación, inició mal su tránsito republicano? Porque la colombiana es una historia de traiciones, de desgarramiento, de mentiras, que se ha ido deformando a través del tiempo, pues en vez de evolucionar hemos involucionado. ¿No comparte esta apreciación?
- Sí, pero comenzamos mal desde antes de la Independencia. En la gran crónica de Rodríguez Freyle, El Carnero, se pueden leer las inmensas traiciones que había entre los grupos originarios que poblaban esta parte del territorio americano, que decían muy mal de su lealtad y solidaridad. No ocurre lo mismo en México. Aunque en ese libro maravilloso que es "La Conquista de México", de Solís, vemos una cantidad de traiciones a Moctezuma, encontramos que si hay un hilo conductor. En cambio lo que aquí hubo fue una barahúnda tremenda de grupos enfrentados unos a otros tratando de destruirse. Persistimos en eso. Llevando las raíces un poco más atrás, a ese comportamiento primitivo nuestro se suma el comportamiento primitivo de un país como España, enfrentado en ese entonces a múltiples guerras internas, lo que da como resultado unos grupos humanos que realmente no obedecen a nada distinto del más crudo y pavoroso individualismo. Cada uno de nosotros es una entidad autónoma frente al otro, sin que podamos hacer nada y sin que hayamos tenido liderazgo y el propósito colectivo que nos indique un camino para llevarnos hacia adelante. Somos unos seres muy enemigos.
- ¿Según sus palabras, el siglo XIX fue un siglo perdido políticamente para Colombia?
- Hicimos algunos intentos. Por ejemplo el de Obando, y casi simultáneamente el de Melo, siempre tan desvirtuados y descalificados, son una buena aproximación a un proceso político que hubiera entroncado a los sectores marginales y trabajadores con la administración pública, y hubiera facilitado un desarrollo vigoroso de la actividad política. Pero llegan posteriormente unos comportamientos muy herméticos, muy densos e importantes como los del señor Miguel Antonio Caro, que es la persona que marca con su impronta de fuego la férrea y teocrática Constitución de 1886.
- ¿Pero así como usted habla de intentos progresistas como los de Melo y Obando, no le parece que hubo procesos importantes como los que buscó impulsar Tomás Cipriano de Mosquera?
- Pero en esa actitud de Mosquera y en su periplo vital es donde se frustran los intentos de Melo y Obando. Mosquera era un caudillo, mientras que los otros tenían una concepción social del Estado. Además, hay que recordar que Mosquera trajo a don Florentino González como secretario de Hacienda. Él fue el primer neoliberal colombiano, y abrió las fronteras en el momento en que todas las artesanías y toda la industria nacional debería concentrarse sobre sí misma para buscar la manera de defenderse. Mosquera y González abrieron las fronteras, repito, abrieron las aduanas y vino una avalancha de comercio que arrasó con la incipiente industria colombiana en un momento en que necesitábamos una afirmación y no una dispersión. Con toda la distancia que merece una figura histórica respetable y de estatura como don Florentino, tendríamos que decir que él fue el Rudolf Hommes del siglo XIX. Ambos nefastos.
- Volvamos a hablar de Miguel Antonio Caro, que ciertamente fue también muy funesto para la Colombia de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX...
- Por supuesto, todo ese proceso del gobierno de Núñez con su Regeneración, la Constitución de 1886, el cambio de siglo, la guerra de los Mil Días, el período de Sanclemente y de Marroquín, la pérdida de Panamá, toda esta historia tan angustiosa y sin salida, está marcada por la impronta de la personalidad de ese individuo severo que fue Miguel Antonio Caro, un ser que nunca se asomó más allá de Monserrate y que, sin embargo, tenía una mirada universal a través de la cultura griega. Mientras el mundo giraba en la órbita de las relaciones comerciales y diplomáticas establecidas en el siglo XIX, el señor Caro estaba en Pericles. Posiblemente bien, pero con matices.
- ¿Cuál cree que es la génesis de la violencia en Colombia? ¿Comienza con la independencia o se origina posteriormente por nuestras pugnas políticas?
- Yo creo que viene de atrás, que viene desde siempre. Ese período que hemos considerado siempre como la arcadia: la época de la Colonia, no fue tal. Fue un periodo violento, de grandes crímenes, de grandes traiciones, de una multitud de hechos de sangre que hablan mal de ese aparente oasis bobalicón de tranquilidad y felicidad colectivas. Y, obviamente, en la época precolombina también encontramos una cantidad de acontecimientos de esa naturaleza. No quiero de ninguna manera decir que la violencia sea connatural a nuestro temperamento. Abomino de esa tesis, entre otras cosas desechada desde el punto de vista científico. Pero sí hay una confluencia de factores que nos hacen seres tan rotos, tan individualistas, tan dispersos, tan dispares, que marcamos tantas diferencias con el otro inmediato, que es con el que debemos construir una vida. Nosotros lo que construimos es un proceso de violencia y de ruptura. Por eso es fácil decir que somos unos seres incomunicados.
- Saltemos a mediados del siglo XX, cuando aparecen los grupos guerrilleros. Algunos atribuyen al periodo del Frente Nacional la irrupción de las agrupaciones subversivas. ¿Cuál es su opinión respecto de este experimento político?
- Nefasto, realmente. Me parece que fue el sistema malévolo que cerró los caminos de apertura democrática, que impidió el ejercicio político libre y la creación de nuevas formas de pensamiento, que dividió al país en dos grandes sectores que terminaron por convertirse en uno, y que no permitió el ejercicio coherente de la oposición. Ello obligó a que esa oposición se fuera al campo, se armara y se convirtiera en una guerrilla que en un determinado momento pudo tener posibilidades pero que con el tiempo se trocó en un movimiento feroz con muy pocos elementos políticos y que terminó enfrentado a un Estado que tampoco tiene legitimidad. Estamos en una hecatombe antes que en una guerra civil. Parece que estamos condenados.
- ¿Desde el exilio, como observa la Colombia de Uribe Vélez?
- Mal, muy mal. Este es el presidente del blablablá. Anuncia un referendo para cambiar la estructura política, pero patina y cae en la misma estructura política. Anuncia una serie de reformas para cambiar la estructura administrativa, pero todas ellas: la laboral, la de la justicia, la política, la pensional, la tributaria, inclusive la administrativa, apuntalan al establecimiento. Nosotros padecemos el síndrome agudo de la reformitis y carecemos por completo de la voluntad de entrar de lleno en la revolucionitis. Eso es lo que necesitamos. A Uribe lo único que le importa es la seguridad. Pero se trata de una seguridad mentirosa, basada sobre la exhibición de los fusiles. El país no se ha dado cuenta de que tiene un espejo para mirar la gestión de Uribe Vélez. Ese tal está en Antioquia, donde el actual presidente fue gobernador, y pésimo gobernador, quizás el peor que haya tenido ese departamento en toda su historia. Quien analice lo que él hizo y dejó de hacer, encontrará una forma de aproximación a lo que quedará de nosotros cuando deje la Presidencia. Si la deja.
www.cronicon.net , mayo de 2004.
colombia se esta consumiendo 1Fernando Garavito,
exiliado y censurado:


"Colombia se está consumiendo

en su propia hecatombe"


"Este país no soporta ninguna opinión que no sea la oficial, consagrada, bendecida y autocensurada. Periodísticamente estamos cercados y hemos desaparecido aplastados como las moscas por un periódico contra los ventanales de la sala. En Colombia lo malo convive, mi columna no fue de las Convivir, como ahora se estila". Fueron algunas de sus palabras, en la entrevista que concediera al autor y que fuera publicada en mayo de 2004, en el Observatorio Sociopolítico Latinoamericanowww.cronicon.net . 

 

Por Fernando Arellano Ortiz


Su pluma y sus posiciones políticas desafinan en medio de la actitud unanimista, el autoengaño y la estulticia mental en que se debate Colombia desde hace ya algunos años. Desafina dentro del cerrado, monopólico y selecto club de los columnistas de la prensa colombiana al que se pertenece no por los dotes intelectuales o los méritos de los opinadores, sino porque se es dueño o accionista del medio de comunicación, o familiar o amigo, o en últimas cipayo de los propietarios de la prensa de esta país, o también porque se lleva un apellido tradicional de "la decadente oligarquía colombiana".

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